Discurso de Alta del Centro de Día
- Joel Cristian Espinoza Morales
- 19 dic 2025
- 8 Min. de lectura

Queridas, compañer@s, profesionales del centro y amig@ss que me han acompañado en este viaje, hoy es un día especial para mí. Un día en el que, con el corazón lleno de gratitud, puedo decir que estoy dando un paso importante hacia la vida fuera de este lugar, pero con todo lo que aquí he aprendido, con todo lo que he vivido y con todas las personas que me han acompañado en este proceso.
Hoy es el final de una etapa, pero también es el comienzo de un nuevo capítulo lleno de esperanza, fuerza y crecimiento personal. No hay nada como volver a un lugar que permanece sin cambiar para encontrar las formas en las que tú mismo has cambiado (Nelson Mandela), por eso quiero contar un poco de mi historia con esta enfermedad.
Como olvidar a la Cata chiquitita que desde siempre se había acomplejado por su cuerpo, aquella Cata de 8 años que en las fotos del paseo de curso o de la playa en traje de baño sacaba las costillas y escondía el estómago para verse más delgada. Era simplemente una niña que trataba de entender la lógica de este mundo, que había tantas cosas que no entendía pero que se veía sumisa a ellas. A la Cata del pasado la criaron siempre basándose en las expectativas del resto. Cosas estúpidas que cree la gente pensando en que la manera de verse define las capacidades de una persona, su integridad o simplemente su ser. Repito, la Cata niña no entendía nada, pero seguía todas esas normas porque los adultos lo imponían.
No puedo olvidar cuando la soledad me consumió, la falta de confianza en mí y en los demás, el que mis amigas me dejaran sola. Pensaba que cumpliendo las expectativas de los demás mi realidad iba a cambiar, ese era el sueño en ese momento de una niña de 10 años. Trataba de ser buena en todo, trataba de ser lo más integral posible para sorprender a la gente. Pedí que me metieran en clases de todo literalmente, para ser la mejor, para que me vieran. Fui logrando esas cosas poco a poco, pero no era suficiente para que me vieran, para que mis amigas me aceptaran más. Sentía que lo único que me faltaba era cambiar mi cuerpo, que era literalmente lo que yo pensaba que las personas veían de mí.
Siempre escuchaba hablar de las modelos, de las chicas bonitas, de que “para ser bella hay que ver estrellas”. Y empezó a surgir una vocecita en mi cabeza que me incitaba a cambiarme, a salir de mi cuerpo que en ese momento lo encontraba inútil porque no me permitía lograr lo que quería. Desde ese momento ya el peligro de estar sola en la casa no era el que entrara un ladrón, sino que era yo misma.
Todo era un secreto, quería que todos vieran el resultado final. Pero ese resultado final más que recibir felicitaciones dio pena, todos me veían pero porque estaban preocupados.
Se acercaba mi cumpleaños doceavo cumpleaños. Mis compañeras le avisaron a la profe y la profe habló conmigo para entender lo que estaba pasando. Había cambiado tanto mi cuerpo al parecer, pero para mí seguía siendo ese cuerpecito inútil de siempre. Mis padres lo notaban parcialmente, pero pensaban que era parte de la edad.
Cuando las personas empezaron a notarlo por un lado me daba felicidad porque por fin me estaban viendo, pero por otro lado el miedo invadía mi ser. Yo sinceramente nunca entendí lo que me pasaba, sabía que quería bajar de peso pero nunca pensé que tendría un problema mental. Cuando mis padres descubrieron todo ya no me quedaba ni una salida. Mis padres me decían que lo íbamos a resolver en casa, como familia pero yo sabía que no iba a ser posible. Cuando vi llorar por primera vez a mi hermano en ese momento me di cuenta que esto no solo se trataba de mí ni de una desnutrición. Se trataba de un problema que estaba preocupando a todo mi alrededor.
Pedí ayuda porque no era normal que sintiera esa desesperación, ese miedo. Pedí ayuda porque no era normal el querer desaparecer por algunos instantes. Pedí ayuda porque no era normal que le tuviera terror a una comida. Pedí ayuda porque de verdad no estaba bien. El día de mi cumpleaños me hospitalizaron. Recuerdo que la psiquiatra me vio llorar sin lágrimas, muy nerviosa y no podía modular bien.
Me mandó una orden de hospitalización y esa Catita estaba muy asustada, sin entender nada. Eso si tenía la esperanza de que la ayudaran. Al hacerme exámenes de sangre mis venas estaban tan llenas de miedo que al salir se coagulaba mi sangre , mi piel estaba tan asustada que se retraía, yo estaba tan asustada que no podía hablar.
Ahí me daban crisis, sentía que no podía comer y que no me estaba ayudando, por eso pedí que me llevaran a un lugar que me ayudara más porque de verdad no entendía nada.
Cuando llegue a la Clínica San Carlos de Apoquindo, eran muy estrictos y esa niña estaba muerta de miedo. Yo en realidad sé que la cata consciente quería salir de ahí pero mi enfermedad se veía amenazada.
No puedo olvidar las contenciones en todo el cuerpo durante todo el mes y el que me pusieran una sonda. Ahí me di cuenta que en realidad me gustaba comer, que yo si disfrutaba la comida pero había una voz que me decía que no comiera. Con la sonda me di cuenta que la comida no es solo para alimentarse, sino que también para disfrutarla.
Con mucho esfuerzo me fui portando mejor y pude salir de ahí después de unos meses.
Mi vida fue avanzando, el tratamiento ambulatorio a final de cuentas solo me hacía mantener mi peso pero era muy difícil desafiar la enfermedad porque de alguna manera yo mantenía el control.
Recuerdo que la cata que pisaba la sala de la psicóloga era una cata llena de expectativas y promesas, y apenas salía era una cata mentalmente enferma.
Así fue recaída tras recaída. Nunca pude integrarme bien al colegio, llegó la pandemia y fue todo peor. Otra hospitalización. Ya en la última recaída me querían mandar a España, pero mis papás querían evaluar la opción de CADDA.
Como olvidar el día en que llegué a la entrevista, era una Cata totalmente distinta a la que se ve hoy.
Era una Cata invadida por esta enfermedad que altera nuestra realidad. Una Cata que llegó totalmente negada sin comprender la gravedad del asunto que enfrentaba, negada a trabajar en grupo, negada a asumir la situación, negada a respetar las reglas. Hasta la Cata de 11 años que esto era nuevo para ella era más sabia que la cata de 15 que llegó al centro. La cata de 15 ya estaba acostumbrada a vivir así y no quería dejar la enfermedad atrás, le halló el gusto, y no podía ver todas las cosas que le había quitado. Esa Cata estaba tan mal que al centro no podía entrar, así que otra hospitalización más.
Agradezco que no me hubieran aceptado en ese momento porque efectivamente no estaba lista, ese día llegó una cata antipática, cegada y negada. Tanto así que yo le dije a la maca, “Es que a mi no me va a servir este tratamiento porque yo no aguanto a la gente, no puedo trabajar en grupo”
Después de un mes cuando salí de la clínica me aceptaron. Esa Cata ya tenía un plan hecho como para salir rápido de ahí.
Pero como que el primer día entendió que no le iba a funcionar. Encontraba cualquier forma para engañar. Mentía a la cara. En vez de esconder la enfermedad la sacaba a la luz. Al inicio sentía que todas me odiaban, que no me aguantaban, yo creo que revolví todo el espacio.
Yo creo que el momento en que cambió eso fue cuando llegó mi querida Sofi, que en verdad era mi amiga y no quería que viera a la cata enferma. Ahí empecé a cambiar, ahí dejé un lado la enfermedad y la avaricia y noté que todas estaban ahí por la misma razón que yo.
Les fui agarrando cariño, fui ayudando más a mis compañeras y a mi misma, poniendo más de mi parte. Fui conectando más en los grupos, se me hacían cada vez más cortos. Fui aprendiendo que si tengo emociones. La cata que llegó tenía un lado muy oscuro y ese lado se fue yendo poco a poco.
Al inicio era un lugar que no me importaba, y con el tiempo se convirtió en mi único lugar seguro, en el único lugar donde me entendían, en el único lugar que podía ser yo sin que me juzgaran.
Ese año, pasamos de la cata que no le gustaban los besos y que encontraba que no eran cosas de dios a una cata qué pasó todas sus etapas de pubertad a la adolescencia en 2 meses. Andaba como una loca carreteando de aquí para allá. Pero en el colegio todo era distinto, no tenía con quien juntarse, no se veía a fin con nadie. Ahí tuve que volver al centro por que todo dio un giro de 180* en mi enfermedad. Subí de peso y sentía que no merecía salir a la calle, que la gente me miraba con asco, me daba pánico que me vieran y no aguantaba más. Quería estar en coma para despertar un día y que toda esa realidad haya cambiado, evitando todo. No pude llorar, pero por dentro estaba hecha pedazos. La palabra "felicidad" perdería su significado si no estuviese equilibrada por la tristeza (Carl Gustav Jung)
Mi tiempo aquí no ha sido fácil, pero ha sido profundamente transformador. A lo largo de este proceso, he aprendido que no se trata de una carrera, ni de un desafío individual. En realidad, se trata de una travesía colectiva, en la que todas, de alguna manera, hemos estado junt@s, sosteniéndonos y aprendiendo un@s de otr@s.
Nunca me imaginé que terminaría haciendo un duelo corporal, estaba negada a aceptar mi cuerpo de esa forma.
Pero mírenme aquí y ahora. Voy al colegio, a veces como por que es rico, otras veces porque tengo hambre y otras veces porque se que necesito comer para vivir; salgo a bailar y me manejo sola de aquí para allá. Puedo salir con amigas y no me veo dependiente de nadie. (Bueno, solo de mis padres porque me mantienen económicamente JAJAJA). No espero a que me vigilen para hacer las cosas bien. Sigue sin gustarme como me veo en el espejo, pero le doy a mi cuerpo lo que necesita, comida, descanso, paz, recreación y diversión, porque lo respeto y no por cómo se ve, sino por las cosas que hace por mí.
A todas las que aún están en este proceso, quiero decirles que no están solas. Que algún día volverán a ser las mismas, volverán a sonreír, a divertirse, a salir por las tardes, a encontrarle más sentido a la vida, van a curarse.
A veces, puede parecer que la carga es insoportable, que el camino es demasiado largo o que la recuperación es un sueño lejano. Pero quiero que sepan que, incluso en los momentos más oscuros, hay un rayo de luz, aunque sea pequeño. Esa luz puede ser nuestra fuerza, nuestra esperanza, o incluso las palabras de una compañera que comparte su historia.
Cada día es una oportunidad para avanzar, aunque sean pasos pequeños. Lo importante es seguir caminando, porque la recuperación no es lineal, y no se mide por la rapidez, sino por la perseverancia.
Este tratamiento en comunidad me ha enseñado que la sanación no solo depende de mí, sino también de las conexiones humanas.
Cada una de ustedes ha sido parte de mi proceso, y sin ustedes, este camino habría sido mucho más difícil. Hemos reído, hemos llorado, hemos compartido nuestras experiencias y, aunque cada una lleva su propio proceso, todas hemos aprendido algo valioso de cada interacción.
También he aprendido a aceptar mis emociones sin miedo. Antes trataba de esconderlas o de ignorarlas, pero ahora sé que cada emoción tiene su lugar y su propósito.
Sentir no es una debilidad, es una señal de que estamos vivas, de que estamos aprendiendo, de que estamos creciendo.
Llevo conmigo todo lo que he aprendido aquí: la fuerza de la comunidad, el poder de la empatía, la importancia de cuidarnos a nosotras mismas y la certeza de que la recuperación es posible, pero también, me voy con la firme decisión de seguir trabajando en mí misma, de seguir avanzando, de seguir eligiendo la vida, aunque sea un día a la vez.
A tod@s ustedes, que siguen aquí, les doy mi aliento.
Que nunca olviden que son valios@s, que son dignas de amor y respeto, y que este proceso es solo una parte de lo que serán capaces de lograr. No están solas.
Me voy con la esperanza de que mi historia pueda ser una pequeña inspiración para otras que siguen luchando, como yo lo hice.
Gracias de corazón.
Catalina R A, Febrero 2025




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